— Emm. — Murmuré placentera. Fue tan bueno que me quedé blanda como gelatina. — Esto es tan bueno. — Gemí.
— Cuanto más gimes, más quiero follarte. — Su tono ronco tenía tanto deseo reprimido que noté que estaba a punto de perder el control.
— Debería llamarte menos "mi rosa" y más "demonio". — Continuó roncamente. — Eres sexy como el infierno, de una manera que hace que cualquier hombre inteligente enloquezca. — No sé por qué, pero sus palabras me parecieron más una censura que un elogio. — Y