Perdí mi línea de razonamiento cuando sus manos tocaron mi piel.
Gemí de placer sintiendo sus manos ásperas y grandes esparcir el aceite de masaje con la presión justa sobre mis hombros. Incluso el olor divino a rosas del producto me relajó.
Dominic tenía manos de Midas. Bajo sus manos, me convertía en oro líquido.
— ¿Te gusta?
Intenté asentir.
En poco tiempo ya había masajeado desde mis hombros hasta mis brazos, en todos los lugares donde me sentía tensa. Y ni siquiera podía espiarlo por estar