Tenía seis minutos.
Lo había calculado con precisión: la capacidad de atención de una sesión diplomática formal, la ventana antes de que las delegaciones opuestas comenzaran a preparar interrupciones, la duración específica que permitía un argumento completo sin convertirse en una conferencia.
Se puso de pie en su lugar en la mesa del tratado y habló.
No miró sus notas.
Había pasado tres semanas construyendo este argumento y vivía completamente en ella. La diferencia era que la memorización req