—¡Apártense, quiero ver a mi hija! —mi padre, negándose a creer la realidad, empujó furiosamente al personal médico y se precipitó dentro del quirófano.
Allí estaba yo, inmóvil en la camilla, mi rostro pálido por la pérdida de sangre, sin emitir sonido alguno. Papá se detuvo en seco al pisar la sangre coagulada en el suelo.
—¿De... de quién es esta sangre?
Miguel respondió fríamente: —Es de tu hija, de Aitana, ¿ya no la reconoces?
Cuando papá me vio sin vida, sus pupilas se dilataron de horror a