Sin embargo, esta vez no pude responderle.
Miguel, sin molestarse en limpiar el sudor de su frente, me aplicó rápidamente el desfibrilador. Una vez, otra vez, y otra más. Mi pecho se sacudía con cada descarga eléctrica, convulsionando insensiblemente. Pero seguía sin responder, el monitor cardíaco mostraba una línea recta, con la luz roja parpadeando.
—¡Despierta, no te duermas, Aitana! —el doctor Ortiz aplicó todas las medidas de reanimación posibles, pero fue inútil. Ya había perdido todos los