Despedí a los guardias de seguridad mientras se llevaban a rastras a Nathan. Estaba tan agotada que apenas podía tenerme en pie. Charles me miraba con preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó.
Le sonreí débilmente. —Sí, estoy bien. Gracias por defenderme. No tenías por qué hacerlo.
Antes de que pudiera decir nada más, la voz de papá resonó en el salón.
—¡Agatha! ¿Estás bien, hija?
Me giré y vi a papá corriendo hacia nosotros, con el rostro desencajado. Se me encogió el corazón. ¿Estaría enfadado p