—Basta, no tiene sentido seguir con esto —dijo Sergio con un tono de voz algo irritado—. Lo diré por última vez: para mí, Luna es solo como una hermana sin lazos de sangre. Jamás podría verla de otra manera. Me voy a entrar a la casa, tú quédate aquí.
Allí estaba yo, agachada detrás de la valla, llorando. Creía haberme fortalecido, pero al escucharlo decir que jamás podría quererme, que solo ella era su elección para toda la vida, no pude evitar que las lágrimas brotaran. Sergio, si tú no me qu