Una semana después.
La casa olía a polvo, humo y suciedad.
Las paredes estaban empapadas hasta la mitad por la humedad ascendente y el moho negro.
Una única bombilla tenue colgaba del techo agrietado.
El suelo estaba cubierto de colillas de cigarrillos, ceniza y tierra.
Leo estaba sentado al borde de un colchón fino, la sábana roja casi se había vuelto marrón.
Sus dedos tamborileaban ansiosos contra sus muslos.
Un solo golpe sonó en la puerta.
Su cabeza se giró bruscamente hacia el sonido.
Cam