A la mañana siguiente, Ariam emergió de su sueño temprano, sumergida en la penumbra de la habitación. Sus ojos se posaron con suavidad en el rostro sereno de Derek mientras descansaba. Era una visión de belleza masculina, una obra de arte esculpida por los dioses. Observarlo de esa manera, tan relajado y apacible, despertaba en ella un sentimiento de admiración y un deseo incontenible. Parecía un ángel... pero no uno ordinario, sino un ángel con un toque de maldad, una seducción excesiva que em