Alejandro miró fijamente las manecillas del reloj en la pared, su desesperación crecía. A la hora de la cena, tendría que irse a casa y tener esa espantosa conversación con Melanie, y lo odiaba. Odiaba tener que ir a casa.
Aun así, no podía demorar esto por más tiempo. La paciencia de ambos se estaba agotando.
Luchó contra lo que estaba por venir hasta el último minuto antes de darse por vencido y conducir a su casa a regañadientes.
El enfrentamiento era solo cuestión de tiempo.
Como siempre