A medida que pasaban los días, Henrick no dejaba de preguntarse qué era eso que sentía cuando estaba con Eloísa. Su cuñada era como una fierecilla y la mayoría del tiempo se la pasaban discutiendo, pero había momentos en los que una extraña neblina parecía envolverlos a ambos.
En esos momentos sus miradas se encontraban y no únicamente para retarse, sino que era como si pudiesen conectarse de una manera mucho más profunda. El hombre sabía que esos sentimientos no estaban bien y quería alejarse