Leah
—Si hubieras sido una de las chicas de la subasta —dijo con total naturalidad—, habrías sido más fácil de manejar.
Giró la cabeza ligeramente, sonriéndome desde abajo. —Aun así... no cambiaría esta versión testaruda de ti por nada del mundo.
Le golpeé la cabeza con el secador.
¿Se suponía que eso era un cumplido?
—¡Joder! —se quejó, riendo.
—Estás enfermo.
—Solo decía...
Hice el amago de golpearlo de nuevo, pero un golpe en la puerta lo salvó.
—Yo abro —dijo rápidamente, ya a mita