El miedo era algo extraño. Para Gwen, no era el temor a ser expuesta lo que más la aterrorizaba. Era el miedo a no saber cuándo caería finalmente la espada que pendía sobre su cabeza.
En el momento en que terminó la llamada anónima, permaneció sentada frente a su espejo de vestidor, mirando su propio reflejo sin realmente verlo. La maquilladora había abandonado la habitación hacía rato, dejándola sola con sus pensamientos, pero el silencio solo amplificaba el caos que rugía dentro de su mente.