Muevo mi cuerpo al ritmo pulsante que sale de los altavoces del club, mis ojos se cierran mientras dejo que el alcohol que corre por mis venas guíe mis movimientos. Estoy perdida en la música, en la bruma embriagadora de la intoxicación, finalmente libre del constante dolor en mi pecho. Ya no sé qué día es, ni siquiera el mes. Y francamente, no me importa.
Cuando ahogar mis penas en litros de helado dejó de adormecer el dolor, pasé a algo más fuerte, algo que pudiera dejarme inconsciente y conc