Ryan llegó a casa a medianoche.
Elena estaba dormida cuando escuchó el ascensor. Intentó volver a conciliar el sueño, pero no pudo. Bastó oír la forma en que él se movía por el apartamento —el silencio deliberado de sus pasos, el cuidado con el que evitaba encender las luces— para saber que algo había ocurrido.
Se levantó.
Ryan estaba en la cocina. No estaba preparando nada. Simplemente permanecía de pie junto a la encimera, en la oscuridad, con la chaqueta aún puesta, las manos apoyadas sobre