RAVEN
—¡Denis! —grité de nuevo, pero la piedra se tragó mi voz.
Me ardían los pulmones mientras me arrastraba por el pasaje estrecho, y el techo de piedra rasposo me rozaba la espalda. La seda dorada de mis mangas estaba destrozada, colgando en harapos alrededor de mis muñecas.
Detrás de mí, el sonido de cuero rompiéndose y el crujido nauseabundo de huesos desencajándose llenaron el túnel.
Ya no permanecían en su forma humana. Los gruñidos bajos y guturales estaban tan cerca que podía sentir la