León
Los dedos de Isabella temblaban.
Aunque apretaba el tenedor con fuerza, pude ver el leve temblor que los recorría, y solo entonces lo comprendí: era consciente de todo. De cada comentario hiriente entre Cane y yo. De cada mirada desafiante. De cada corriente de hostilidad que fluía bajo aquella mesa reluciente.
Y le había prometido en el coche que no la avergonzaría así de nuevo.
No lo haría.
Pero también me negaba a darle a Cane la satisfacción de creer que tenía algún derecho sobre ella.