El pesado cerrojo electrónico se desbloqueó a las cinco de la tarde, pero no fueron los pasos fríos y calculados de Sasha los que resonaron en el pasillo.
Fue un caminar lento, pesado y familiar.
Me incorporé como pude desde el borde de la cama. Mi visión se nubló ligeramente mientras los últimos efectos de los sedantes de la mañana luchaban contra mis sentidos.
La puerta se abrió de par en par.
Y el aire se me quedó atrapado en la garganta.
Theo estaba de pie en el umbral.
Se había quitado la