El aire húmedo de la mañana en la Capital me envolvió como un sudario empapado.
Cuando bajé del andén y entré en la gran terminal, un recuerdo repentino e indeseado estalló detrás de mis ojos.
Doce años. Sentada en un banco de piedra a tres calles de allí junto a Sasha, compartiendo una paleta de fresa pegajosa y riendo mientras la brisa de verano enredaba nuestro cabello.
En aquel entonces, la amaba como a una hermana. Lo compartíamos todo, completamente ciegas ante la podredumbre de envidia q