Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Greer
Faltaban seis días para la boda y, cada mañana, la mansión parecía cerrarse un poco más a mi alrededor. Me despertaba con el mismo nudo en el estómago, esa clase de tensión que nunca se relaja por completo. La casa era hermosa a la luz del día; el sol se filtraba por los altos ventanales y teñía de dorado los pisos de mármol, pero la belleza no bastaba para que se sintiera como un hogar. Solo me hacía sentir más insignificante. Evité el comedor principal a la hora del desayuno. Demasiadas miradas. Demasiadas sonrisas de cortesía que nunca llegaban a los ojos. En su lugar, me escabullí a la cocina con la esperanza de encontrar algo simple, algo familiar. Café. Pan tostado. Cualquier cosa que no viniera servida en una bandeja de plata. En el instante en que entré, la conversación se detuvo. Tres miembros del personal estaban parados alrededor de la isla de la cocina. Una de ellas, la mujer mayor que siempre llevaba el cabello recogido en un moño severo, me miró como si hubiera entrado pisando lodo por toda la casa. —Señorita —dijo. No fue una pregunta. Tampoco un saludo. —Solo quería un poco de café —dije en voz baja—. Y tal vez un pedazo de pan, si queda algo. Ella intercambió una mirada con los demás. —El desayuno se sirve en el comedor. Las bandejas ya están preparadas. —Lo sé. Es solo que… preferiría comer aquí. Tranquila. La boca de la mujer se tensó en una línea fina. —Esta no es la cocina del personal, linda. Y aunque lo fuera, no servimos a casos de caridad en la mesa de los empleados. La palabra cayó como una bofetada. Caso de caridad. Sintiéndome avergonzada, el calor me subió al rostro. —Yo no soy... —Lo serás —me interrumpió, con voz baja pero afilada—. Puede que tu madre se case con el patrón, pero la sangre no cambia de la noche a la mañana. Ya hemos visto a niñas como tú antes. Llegan sin rumbo, arman un desastre y se van por donde vinieron. Mejor no te pongas cómoda. Me quedé allí parada, congelada, con las manos apretadas en puños a los costados. Nadie volvió a hablar después de eso. El silencio fue peor que las palabras. Me di la vuelta y me salí de ahí sin el café. Arriba, en mi habitación, me presioné los ojos con las palmas de las manos hasta que vi manchas bailar detrás de mis párpados. Me dije que no importaba. Las palabras de unos extraños nunca deberían doler. Pero dolían. Siempre lo habían hecho. No podía quedarme en ese cuarto respirando el mismo aire que aún cargaba con su voz. Necesitaba encontrar a mi madre. Veda estaba en el solárium, rodeada de muestras de tela y con una mujer que le hilvanaba el dobladillo. Parecía la portada de una revista cobrando vida: el cabello perfecto, la sonrisa ensayada. —Mamá —dije desde el umbral. Ella levantó la vista y un destello de irritación cruzó su rostro antes de disimularlo. —Greer. Ahora no. Estamos afinando los detalles del velo. —Es importante. Ella suspiró. —Cinco minutos. Que sea rápido. La costurera salió de la habitación. La puerta se cerró con un clic. Me crucé de brazos. —Cancela la boda —le imploré. —¿Disculpa? —Los rumores están por todos lados. Todo el mundo dice que te metiste en su cama para llegar aquí. Que te vas a casar con él por su dinero. Se están burlando de ti a tus espaldas. Que eres una... Los ojos de Veda centellearon. —¿Y qué si es así? Me lo merezco. Después de todo lo que sacrifiqué por ti. —¿Por mí? —No te hagas la víctima. Ya eres una adulta. Compórtate como tal. Deja de ponerme en vergüenza. —Por favor —insistí de inmediato. Veda soltó una carcajada corta y seca. Sus ojos se entrecerraron. —La gente siempre habla. Déjalos. —Pero también están hablando de mí. Me miran como si yo fuera parte del chiste. Como si no perteneciera aquí. Y no pertenezco. Nada de esto se siente bien. Ella se puso de pie, haciendo crujir la tela de su vestido. —¿De verdad crees que voy a mandar a la basura lo mejor que me ha pasado en la vida solo porque mi hija quiere montar un drama de autocompasión? —Estoy intentando protegerte. —¿Protegerme a mí? —Dio un paso hacia mí—. Te estás protegiendo a ti misma. Eres egoísta, Greer. Siempre lo has sido. Por fin consigo algo bueno y tú quieres arruinarlo porque no soportas verme feliz. —Eso no es verdad. —¿Ah, no? Te pasaste la vida entera guardándome rencor por querer más de lo que tu padre podía darnos. Pues ¿adivina qué? Él ya no está. Y yo no pienso volver a estirar el dinero para sobrevivir. Me estremecí. —Yo nunca te pedí que... —Nunca tuviste que hacerlo. Tu sola existencia ya era un recordatorio suficiente. —Agitó la mano en el aire—. Ve a llorar a otra parte. Tengo una prueba de vestuario. Me fui antes de que se me escaparan las lágrimas. En el pasillo, apoyé la espalda contra la pared y me deslicé hasta quedar sentada en el suelo frío. Me dolía el pecho. Mi padre había sido pobre, sí. Un guardia de seguridad que trabajaba de noche para que tuviéramos qué comer. Veda lo había odiado. Lo había odiado a él. A veces me preguntaba si se habrá sentido aliviada cuando él murió. Aquello le abrió la puerta a hombres más ricos. Hombres como Calder. Odiaba tener ese pensamiento. Pero no podía quitármelo de la cabeza. Me quedé allí hasta que se me entumecieron las piernas, y luego me impulsé hacia arriba. Deambular era más fácil que pensar. Me moví por la casa como un fantasma, pasando de largo por puertas cerradas y retratos de personas que jamás habían conocido el hambre o la vergüenza. Una puerta estaba abierta en el descanso del piso superior. La luz se filtraba hacia el pasillo, cálida e invitante. Reconocí el lugar; la suite de Wells estaba por aquí. Mi corazón dio un vuelco estúpido y esperanzado. Quizá él me escucharía. Quizá me miraría como lo hizo la primera noche: con ternura, como si yo importara. Subí las escaleras sigilosamente. La puerta estaba entornada lo justo. La empujé un poco más, lista para sonreír, lista para decir algo ligero. Y dejé de respirar. Calder estaba en el centro de la habitación. Desnudo. Por completo. Al principio estaba de espaldas a mí. Hombros anchos, con gotas de agua corriendo todavía por los músculos de su columna debido a una ducha que yo no había escuchado. Su cabello oscuro estaba húmedo y se le rizaba en la nuca. Estiró la mano hacia una toalla que estaba sobre la silla, con movimientos lentos, sin prisa. Entonces se dio la vuelta. Nuestras miradas se cruzaron. Él no se sobresaltó. Tampoco intentó cubrirse. Mi mirada bajó de forma traicionera e inevitable por las líneas firmes de su pecho, su abdomen marcado, y descendió aún más. Veinte centímetros. Gruesa. Venosa. Pesada, incluso estando flácida. Una oleada de calor me recorrió por completo. Vergüenza combinada con algo más oscuro, más húmedo, que se encendió en lo más bajo de mi vientre. Debí haber salido corriendo. No lo hice. Sus ojos siguieron fijos en los míos. Firmes. Inescrutables. Pero había algo en ellos, algo que no era enojo. Algo que se sentía como un reconocimiento mutuo. —Greer —dijo. Su voz era baja, un tanto rasposa. Tragué saliva. —Yo... pensé que esta era la habitación de Wells. —No lo es. El silencio se prolongó. Denso. Eléctrico. Él dio un paso hacia el frente. No fue una amenaza; simplemente recortó la distancia entre los dos. —Deberías irte —dijo. Pero no sonó como si realmente lo deseara. Y yo seguía sin mover un músculo. Mis pezones se pusieron rígidos contra el delgado algodón de mi playera. Sentí que el deseo entre mis piernas se agudizaba, transformándose en algo necesitado, insistente. Esto estaba mal. Sabía perfectamente que estaba mal. Y, sin embargo, mis pies continuaban clavados en el suelo. Su mirada bajó lentamente, recorriendo la forma en que mi pecho subía y bajaba, el rubor que me subía por el cuello y el modo en que mis muslos se presionaban el uno contra el otro sin que pudiera evitarlo. —Greer —repitió, esta vez más suave. Fue entonces cuando reaccioné. Por fin, giré sobre mis talones y escapé corriendo por el pasillo, con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas. No me detuve hasta que llegué a mi habitación, le pasé el seguro a la puerta y me apoyé contra ella. Intenté convencerme de que no acababa de ver la verga de mi padrastro y de que mi cuerpo no había respondido ante ella.






