Selene avanzaba entre la espesa oscuridad del bosque, con la respiración agitada y el rostro marcado por los arañazos de las ramas afiladas que se interponían en su camino. No sentía el dolor; cada latido de su corazón era una mezcla de miedo y desesperación, impulsada solo por el amor y la urgencia de salvar a Aron. Al recordar su frágil semblante, sus ojos se llenaron de lágrimas que apenas lograba contener. Entre susurros, elevó una plegaria: "Diosa de la luna, te ofrezco lo que sea necesari