—¿Continúa hasta el acantilado? —Me miró por encima del hombro como si fuera un idiota y sonreí. No había sonreído de forma natural en mucho tiempo—. Solo preguntaba. —Se rio y siguió adelante.
Al llegar a la arboleda, todos los rastros de olor menos uno desaparecieron. Tenía razón, era una hembra, más o menos de nuestra edad. Si era una rebelde, lo era desde hacía poco. Su aroma no tenía ese hedor empalagoso a composta podrida que solía acompañar a los rebeldes. Tampoco olía como miembro de una