Sentí el agarre de Freya en mi brazo en cuanto quedamos fuera de la vista.
Ven conmigo —dijo. Su voz era áspera y apenas audible, como si hubiera pasado tantos días en silencio que hubiera olvidado cómo hablar correctamente. La dejé guiarme hasta una habitación vacía y cerró la puerta con llave.
Mi corazón latía con fuerza. ¿Debería tenerle miedo? Había algo en ella que era, sin duda, diferente.
¿Por qué estamos aquí? —pregunté.
Quiero hablar contigo —dijo, ahora con la voz un poco más firme—.