Capítulo 2
Aunque parecía muy avergonzada, sus ojos no se apartaban de esa parte; en su mirada había un asombro que no podía ocultar.

Esa arma había hecho sufrir a mi esposa lo indecible, y ahora una chica que ni siquiera había tenido su primera vez la contemplaba con esa especie de adoración. No pude contenerme y avancé un poco, presionando contra su cuerpo suave.

El empujón la hizo trastabillar, pero con reflejos de gato la atraje hacia mí.

Su pecho suave se pegó a mi cuerpo. Descubrí con sorpresa que no traía sostén; en ese momento, un par de suavidades se apretaban contra mi torso, y pude sentir cómo sus pezones, antes relajados, se iban endureciendo.

Reaccionó, con los ojos brillantes.

—Es increíble... ¿Cómo es tan grande? Tío, ¿así son los hombres?

Me acerqué a ella; en la punta de mi nariz flotaba la fragancia cálida y agradable de una chica joven.

—¿Qué te parece, te gusta?

Asintió, y luego negó.

—No sé... Siento algo muy raro, mmm... pero, creo que... no me desagrada.

—¿Entonces quieres seguir?

Asintió.

Aproveché para besarla en los labios, saboreando su suave textura. La mano que recorría su trasero fue bajando poco a poco, manoseando la piel delicada de la cara interna de sus muslos, acariciando esa humedad y plenitud.

Deslicé la mano por la cara interna de sus muslos hasta meterla bajo la minifalda; mis dedos rozaron el borde de su ropa interior, donde la carne suave y tierna se abría y cerraba, como invitándome.

Por encima de la ropa interior, hurgué en su flor húmeda y caliente; mis dedos pasaron por su botón.

Natalia gritó ahogado y casi perdió el equilibrio.

—¿Te gusta esa sensación?

—Sí, ay... me gusta... ah, tío...

—¿Qué, es muy grande? —le dije, presionando a propósito contra su vientre bajo con aquello—. ¿Quieres tocarlo?

Los empujones la hacían tambalearse, y de sus labios escapaban gemidos sensuales. Tomé su mano y la puse sobre lo que estaba a punto de estallar.

Natalia se asustó por el calor abrasador que sintió en la mano; la retrajo un poco, y su palma suave rozó la punta de mi cosa.

Solté un gemido; mi miembro se puso aún más erguido.

Ella, temblando, fue midiendo con sus dedos el tamaño de aquello, y su cara enrojecía cada vez más.

Seguí acariciándole el trasero, disfrutando bajo mi palma de esas nalgas tibias y tersas, mientras me entretenía sin prisa con la carne de sus nalgas.

Natalia hundió la cara en mi hombro; su voz se volvió cada vez más entrecortada: —Tío... qué raro, ay... voy a... ah, mmm...

Cuando empezó a temblar, sentí cómo se humedeció entre sus piernas; algo pareció derramarse, empapándome los dedos.

Se aferró a mis hombros, con expresión atónita.

—Yo... ¿qué me pasó?

Le di un beso en la mejilla y la tranquilicé en voz baja: —No tengas miedo, es una reacción muy normal.

—Significa que tu cuerpo ya está listo.

—¿Listo... para qué?

—Listo para recibir a un hombre.

Con intención, presioné con el dedo en esa entrada húmeda; esa entrada palpitante succionaba con avidez la punta de mi dedo.

—Nati, en una situación así, tú tienes que tomar la iniciativa.

—Yo... ¿qué tengo que hacer? Aah, espera...

—Esto que tienen los hombres es para metérselo a una mujer por atrás, justo donde estoy tocando.

Moví ligeramente la punta de mi dedo, y las palabras que ella iba a decir se convirtieron en jadeos delicados.

—Tienes que levantar tu ropa y meter esto tú misma dentro de tu cuerpo.

Natalia me miró con la mirada vidriosa.

Un instante después, se levantó la falda, dejando al descubierto la ropa interior ya empapada.

La mano con la que acariciaba mi miembro subió un poco más, jaló mi ropa y dejó expuesto lo que estaba al acecho.

Al verlo con sus propios ojos, su cara se puso aún más roja.

Entonces se acercó un poco, apretó aquello entre sus piernas y empezó a restregarse contra la ropa interior.

La piel tersa y suave de sus muslos envolvía mi cosa, y sus fluidos también se untaban en la superficie.

No pude contenerme más. La empujé y la recosté a un lado, le arranqué la ropa interior empapada, levanté aquello y me dispuse a entrar de lleno...
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