Me llamo Esteban Lara, soy profesor universitario. Solía tener un matrimonio feliz y pleno, pero estos últimos días había estado especialmente angustiado.Porque mi esposa, flaquita y delicada, parecía incapaz de soportar mi complexión robusta y mi tremendo dote, más imponente incluso que el de un hombre de raza negra. Cada vez que intimábamos, antes de que yo pudiera siquiera disfrutar, ella se cubría el trasero suplicándome que parara.Andrea Meza, mi esposa, se había separado de mí por eso. Llevábamos menos de tres meses de casados y ella ya iba con frecuencia a casa de sus papás, e incluso había propuesto el divorcio.Hasta su sobrina, que acababa de entrar a la universidad, se había enterado de que Andrea y yo no congeniábamos en la cama.Natalia Coronado, la sobrina de mi esposa, acababa de empezar su primer año de universidad y, por casualidad, había quedado en nuestra misma institución. Al inicio del semestre, como su tío político, era natural que me encargara de estar al pendi
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