La cita era de rutina, una ecografía de seguimiento en la Clínica Hartwell a las treinta y dos semanas; la clase de cita específica y común a la que Elara había asistido una docena de veces sin incidentes.
El dispositivo de seguridad era el estándar para el protocolo vigente: Danilo al volante, un segundo contratista en el asiento del copiloto y un tercero apostado en la propia clínica desde las de ocho de la mañana para confirmar el perímetro del edificio antes de la llegada de Elara. Todo seg