Vienna había aprendido, a lo largo de los últimos meses, a reconocer la cualidad particular de silencio que significaba que Pablo ya no estaba escuchando nada de lo que ella decía.
No era el silencio de la ira —conocía ese registro íntimamente, había catalogado sus escaladas de la misma manera que un marinero cataloga el clima—. Este era más silencioso. Más plano. El silencio de un hombre cuya atención había migrado enteramente hacia el interior, hacia el colapso de todo lo que había construido