El contrato estaba en el tercer cajón del archivador secundario del estudio. El que ella misma había organizado, según ese sistema que no archivaba nada donde la lógica lo hubiera puesto, sino todo donde ella pudiera encontrarlo.
No había abierto ese cajón en cuatro meses.
Lo abrió un martes por la mañana, mientras Alessandro estaba en una reunión y la finca permanecía en silencio, y la luz de noviembre entraba por la ventana del estudio con su particular ángulo bajo. Sacó la carpeta. Se sentó