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Capítulo 3: La esposa equivocada

Clara no sabía qué respuesta podía salvarla.

No sabía dónde estaba Isabela. No sabía por qué había desaparecido. No sabía si su hermana había huido, si alguien la había ayudado o si aquella boda había sido una trampa desde mucho antes. Lo único que sabía era que Leonardo Moretti la miraba como si ella fuera la prueba viviente de una traición.

—No lo sé —susurró.

La mandíbula de Leonardo se tensó. Durante un segundo, Clara creyó que iba a arrancarle el velo y decir la verdad ante todos. Imaginó los gritos, las cámaras, el apellido Rivas cayendo en pedazos bajo los murmullos de la élite.

Pero Leonardo no hizo nada.

Solo la observó.

Detrás de su furia había cálculo. Orgullo. Control. También había una duda breve cuando sus ojos bajaron a los alfileres mal escondidos en la cintura del vestido y a la forma en que Clara intentaba no apoyar los talones dentro de los zapatos pequeños. No fue compasión. Fue una grieta mínima, incómoda, como si la culpable que él esperaba encontrar no encajara del todo con la mujer temblando frente a él.

Desde la primera fila, Emilio Moretti permanecía inmóvil.

Regina estaba pálida.

El sacerdote, ajeno o decidido a fingirlo, preguntó si podían continuar.

Leonardo tomó la mano de Clara.

Su contacto fue frío, firme, público. No era un gesto de amor, sino una decisión. Si el escándalo podía destruirlos, él prefería encerrarlo bajo una sonrisa.

—Continúe, padre —dijo.

La ceremonia siguió como si nada se hubiera roto. Las palabras del sacerdote flotaron entre flores y velas: amor, unión, promesa, fidelidad. Clara las escuchó como mentiras hermosas dichas sobre un cadáver todavía tibio.

El órgano seguía sonando bajo, solemne, casi burlón. Las flores blancas perfumaban la capilla con una dulzura excesiva, y Clara tuvo la sensación absurda de que hasta el aire estaba preparado para sostener la farsa. Las manos de Leonardo envolvían las suyas con la firmeza de quien controla un documento importante, no con la emoción de quien recibe a una esposa. Aun así, cuando ella estuvo a punto de tambalearse, sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los suyos. Nadie más lo notó. Clara sí.

Cuando llegó el momento de los votos, Leonardo aceptó con una voz clara. Impecable. La voz de un hombre capaz de sostener una mentira sin pestañear.

Luego todos miraron a Clara.

El sacerdote pronunció su nombre por error.

No Isabela.

Clara.

El aire se congeló. Algunos invitados se miraron entre sí. Celeste Andrade abrió apenas los labios, lista para convertir la duda en veneno.

Leonardo reaccionó antes que nadie.

—Clara Isabela Rivas —corrigió con una calma peligrosa—. Es su nombre completo.

Era mentira.

Clara lo entendió al instante.

También entendió otra cosa: Leonardo podía destruirla en ese mismo momento, pero eligió cubrir la escena. No por bondad. No por ella. Por control. Aun así, guardó ese detalle como se guarda una pista.

El sacerdote continuó.

Clara podía decir que no. Podía arrancarse el velo y confesarlo todo. Podía romper a su familia, a los Moretti y a sí misma con una sola palabra.

Pero vio a Tomás hundido en el banco. Vio a Regina llorando en silencio. Vio a Emilio observándola como si fuera una pieza menor en un tablero. Y comprendió que, si decía que no, nadie vendría a salvarla.

—Acepto —dijo.

La palabra salió pequeña, casi ajena. Clara sintió que no le pertenecía, como tampoco le pertenecían el vestido, el ramo ni el hombre frente a ella. Un aplauso suave nació en algún punto de la capilla, pero a ella le pareció escuchar una puerta cerrándose desde muy lejos.

El beso fue apenas un roce.

No tuvo dulzura. No tuvo promesa. Fue un sello, una firma, una condena.

Los invitados aplaudieron. Los flashes estallaron al salir de la capilla. Leonardo le rodeó la cintura para las fotografías con una precisión perfecta, lo suficiente para que parecieran íntimos y no tanto como para que Clara olvidara que su cercanía era una actuación.

Los periodistas gritaban su nombre, aunque algunos dudaban al pronunciarlo. Clara sintió el brazo de Leonardo firme en su espalda y la sonrisa cuidadosamente vacía que él ofrecía a las cámaras. Su cuerpo estaba junto al de ella, pero su distancia era más cruel que cualquier insulto. A cada destello, Clara entendía que la mentira ya no pertenecía solo a la capilla: ahora tenía pruebas, testigos, titulares posibles.

Cuando entraron a una sala privada, la sonrisa de Leonardo desapareció.

Regina, Tomás, Emilio y Mateo Salazar se reunieron con ellos. La puerta se cerró y la boda perfecta dejó de existir.

Leonardo exigió una explicación. Regina habló de evitar escándalos. Tomás intentó decir que Clara no tenía la culpa, pero su defensa llegó tarde y sonó débil. Emilio redujo todo a una cuestión de apellido, prensa y control de daños.

Clara escuchó más de lo que habló.

Por primera vez, no solo sintió dolor. Observó.

Vio que Leonardo estaba furioso, pero también que no parecía sorprendido por la frialdad de su padre. Vio que Emilio no preguntaba por Isabela con desesperación, sino con cálculo. Vio que Regina temía más al contrato que a la desaparición de su hija.

Y esa diferencia le dio miedo.

También vio a Mateo Salazar, el abogado, mantenerse en silencio cerca de la puerta. No intervenía, pero su mirada iba de Emilio a Regina con una atención demasiado precisa. Clara no sabía todavía si él era un aliado, un testigo o una amenaza más. Pero entendió que en esa sala nadie estaba realmente sorprendido de la misma manera. Todos parecían esconder una parte distinta de la verdad.

Leonardo volvió a ella. Le preguntó si había hablado con Isabela la noche anterior. Clara dudó un segundo, y ese segundo bastó para condenarla ante sus ojos.

No le contó todo. Solo la frase de la jaula decorada con flores.

El rostro de Leonardo cambió apenas, como si esa imagen le hubiera tocado una memoria que no quería abrir. Luego volvió a cerrarse.

Para él, Clara seguía siendo la mujer que ocupó un lugar ajeno.

Para Clara, él empezaba a ser algo más inquietante que un esposo cruel: un hombre usado por su propio apellido, pero demasiado orgulloso para admitirlo.

Cuando salieron de la sala, Leonardo se inclinó hacia ella. Su voz fue tan baja que nadie más pudo oírlo.

—Saldrás conmigo, sonreirás conmigo y fingirás conmigo hasta que descubra dónde está Isabela y qué hizo tu familia.

Clara sintió ganas de decirle que ella también quería saberlo. Que también tenía miedo. Que no era su enemiga.

Pero él no le dejó espacio para ninguna verdad.

—Desde hoy llevarás mi apellido, Clara —añadió—, pero nunca serás mi esposa.

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