El frío de la habitación pareció calarle los huesos a Cathleen, pero su piel se encendió donde las manos de Xavier yacían bajo las suyas. El roce accidental desató una corriente que ninguno de los dos pudo ignorar, un silencio electrizante que se extendió al encontrarse sus miradas. Era una fortaleza de serenidad; incluso sentada en su silla de ruedas, se alzaba sobre él con su fuerza de voluntad.
La voz de Cathleen, precisa y clara, atravesó la tensión. "Acepto tu oferta".
Xavier le sostuvo la