El reloj dio la medianoche; su repiqueteo, un susurro solemne en la quietud de la noche. Los párpados de Cathleen se abrieron con la tenue luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas de gasa. La respiración rítmica de Xavier era el suave contrapunto a la quietud: un ancla en el inmenso mar de quietud.
Ella lo observaba. El movimiento de su pecho era constante y sereno. El sueño había suavizado sus rasgos y desprendido las capas de hielo que habían envuelto a Xavier Knight durante el