19: La traición no conoce rostro.
El alcohol llega a mis fosas nasales al igual que la luz a mis ojos los cuales arden de forma sorprendentemente mala; y por más que los froto solo me hacen volverlos a cerrar en busca de protegerme de la luz.
—¡Ámbar! —digo poniéndome de pie, pero soy sentado de nuevo en algún sitio mientras me colocan algo sobre los ojos; unos lentes oscuros, con los cuales no me molesta tanto la luz—. ¿En dónde está mi esposa?
—Está en la sala de espera, señor Baker, tranquilícese… —Reconozco después de unos