CAPÍTULO 80: UNA AMENAZA QUE NO PUEDO IGNORAR
Maxwell
La cabeza me da vueltas, me siento pesado y atontado. Lentamente regreso a la realidad. Hago el amago de abrir los ojos y el pánico me invade al descubrir que no puedo ver nada. Una tela gruesa me cubre el rostro. Intento mover las manos, pero están atadas en mi espalda. No necesito ser un genio para comprender la situación bastante rápido: estoy secuestrado.
—¡Den la cara! ¡¿Quién eres, maldito?!
La pregunta es meramente confirmativa, porque