ADA
Maldita salsa.
Froté la tabla de cortar de madera con más fuerza, haciendo todo lo posible por quitar la mancha de salsa de espagueti. No sirvió de nada.
— ¡Ugh! —La ira alcanzó un punto de ebullición, y arrojé la esponja al fregadero.
Dylan entró a la cocina con el tazón vacío de palomitas en las manos. — ¿Todo bien?
Crucé los brazos y me giré. — Todo está bien.
Excepto que sentía que un pequeño disgusto más podría romperme por completo. Uno de mis clientes de paseos de perros me habí