Sentí un impulso inmediato de responder, aunque ni siquiera sabía exactamente qué estaba defendiendo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
La respuesta fue para mí, pero sus ojos permanecían clavados en Valen.
—Empiezo a creer que el atentado tuvo un efecto secundario inesperado.
Valen ni siquiera giró la cabeza.
—¿De qué hablas?
—Ayer dormiste en la habitación de la reina. Hoy llevas media mañana sin soltarle la cintura.
Movida por un impulso que ni yo misma comprendí, bajé lentamente la