MADDOX
Mi rostro se endureció cuando Aegon entró como si fuera el dueño del lugar o como si ni siquiera le importara no serlo.
Nunca llama. Jamás.
“¿Olvidaste cómo se llama?”
Se encogió de hombros con aire juguetón. Había vuelto a su buen humor a pesar de haberle gritado antes, luego Aegon miró a Amara. Un aire de diversión bailó por su rostro.
“Vaya, hola, Amara. Me alegra verte aquí.”
Ella sonrió. “Hola.”
Un músculo palpitó en mi mandíbula.
¿Se… conocían?
¿Por qué le hablaba de esa manera? La