Daisy y Sebastián entran en acción y, en media hora, todo está arreglado. Tienen autobuses chárter para llevar a todos al viñedo, y el personal del catering y del bar ya están de camino para instalarse. No habrá cientos de rosetones de papel en cada mesa, pero sí mucho espacio y alcohol. Ese es el punto de toda la noche.
—Wow—, me saluda Sebastián con un silbido, mientras bajo las escaleras después de cambiarme. Llevo un vestido largo y ceñido salpicado de hilo metálico azul marino, como el cie