—Quizás... —dije, sin saber muy bien si decirlo en alto o solo pensarlo.
—Una vez más… —dijo, acercando su boca a la mía.
Mirando hacia arriba, le dije de manera despectiva hacia su boca entreabierta:
—Te odio.
—Yo también odio esto.
Nuestras bocas se acercaron tentativas, nuestros labios apenas se rozaban, compartiendo la
respiración. Observé cómo las aletas de su nariz se apretaban y justo cuando pensé que iba a volverme loca, agarró mi labio entre sus dientes, acercándome a él.
Gruñó