Capítulo 8. Lo que Sable ve

POV de Sable. Primero de tres.

La casa de la manada era demasiado grande.

Sable había decidido aquello el primer día, cuando recorrió el perímetro de su habitación y contó cuarenta y tres pasos para completar el circuito. Su apartamento de casa tenía once. La casa de la manada tenía cuarenta y tres, y eso era solo una habitación, lo que significaba que el resto era todavía más grande, lo que significaba que había mucho que todavía no había podido explorar.

Eso le molestaba un poco.

Estaba trabajando en ello.

Mamá estaba otra vez en la oficina de la propiedad, haciendo aquello con los papeles que significaba que necesitaba silencio y concentración, y que Sable no debía hacer preguntas durante un rato. Sable lo entendía. Tenía a su conejo, tenía el pasillo frente a su habitación, que ya había recorrido dos veces, y tenía esa paciencia particular que nace de ser una persona a la que la mayoría de las situaciones le parecen más interesantes que aterradoras.

Fue hacia la izquierda.

La izquierda era la dirección que todavía no había investigado completamente. Llevaba hasta tres puertas que siempre estaban cerradas y una que a veces permanecía abierta. Ayer había percibido un olor junto a aquella puerta que todavía seguía pensando.

Ahora volvió a detenerse frente a ella.

La puerta estaba abierta otra vez.

Miró hacia dentro.

Era una biblioteca.

Había libros en todas las paredes, libros que parecían llevar allí más tiempo del que la mayoría de las personas llevaba con vida. Dos sillones junto a la ventana. Un escritorio sin nada encima.

Y estaba el olor.

Papel viejo.

Madera vieja.

Y debajo de ambos, algo más.

Algo que olía como el hombre de las escaleras.

Sable lo pensó durante un momento, con la cabeza inclinada esos cuatro grados.

Después entró.

No tocó nada. Había aprendido que, en lugares nuevos, primero se observaba y después se tocaba, una vez que entendías qué significaban las cosas para las personas a las que pertenecían.

Recorrió el perímetro en el sentido de las agujas del reloj, pasando una mano por las estanterías y sintiendo los lomos de los libros bajo las yemas de los dedos mientras pensaba en aquel olor.

Era el mismo olor que el hombre de las escaleras.

Pero más viejo.

Más asentado.

Como se vuelve un olor cuando lleva tanto tiempo en un lugar que el lugar empieza a oler también como él.

Él venía mucho aquí.

Sable archivó aquello.

También registró el sillón junto a la ventana, el que estaba orientado hacia la puerta, igual que la silla que Mamá siempre escogía.

Registró la taza sobre la pequeña mesa junto al sillón, utilizada recientemente y todavía sin recoger.

Y registró el libro en el suelo junto al sillón, abierto y boca abajo, lo que significaba que alguien había dejado de leerlo a mitad de camino.

Miró el título.

Todavía no podía leer todas las palabras, pero reconoció algunas.

Después le preguntaría a Mamá qué significaban las demás.

Seguía observando el libro cuando escuchó los pasos.

No eran los pasos de Mamá.

Sable conocía los pasos de Mamá igual que conocía su respiración, su silencio y esa cualidad particular de quietud que significaba que Mamá estaba asustada, pero no pensaba decirlo.

Aquellos pasos eran diferentes.

Deliberados.

Pesados.

Los pasos de alguien muy grande que intentaba caminar en silencio.

Sable se enderezó.

Él se detuvo en la puerta.

El hombre de las escaleras.

Era más grande de lo que recordaba de la gran sala, lo cual era extraño porque había estado prestando atención.

Él la miró de la misma manera en que los adultos la miraban cuando todavía no sabían qué hacer con ella.

No parecía enfadado.

Solo inseguro.

Como si ella fuera una pregunta para la que todavía no le habían dado suficiente información.

Sable le devolvió la mirada.

No tenía miedo.

Había pensado en si sentiría miedo cuando finalmente lo viera de cerca y había decidido que no, principalmente porque llevaba varios días observándolo desde diferentes lugares y había reunido suficiente información para sentirse razonablemente preparada.

Él olía como ella.

Lo sabía desde la entrada, desde el primer momento en que atravesaron las puertas y el olor de la manada la golpeó de una sola vez.

Había clasificado todos los olores automáticamente, como hacía con todo.

Y debajo de todos los demás había encontrado aquel.

Como ella, pero más viejo.

Como ella, pero más fuerte.

Como estar junto a una versión de sí misma a la que le habían dado más tiempo.

Todavía no sabía qué significaba.

Estaba trabajando en ello.

—Estás en mi biblioteca —dijo él.

No sonaba enfadado.

Sonaba como alguien que estaba decidiendo cómo sonar.

—La puerta estaba abierta —respondió Sable.

—Lo estaba.

—No toqué nada.

—Puedo verlo.

Sus ojos bajaron hasta el conejo que Sable sostenía bajo el brazo antes de regresar a su rostro.

Fue un movimiento breve, casi imperceptible, como los movimientos que hacen los adultos sin darse cuenta.

Después miró alrededor de la habitación.

Las estanterías.

Los sillones.

El libro en el suelo.

Algo cruzó su rostro.

Sable todavía no tenía un nombre para aquello.

Tenía una lista de expresiones que todavía no sabía nombrar.

El rostro de aquel hombre estaba aumentando la lista rápidamente.

—¿Te gustan las bibliotecas? —preguntó.

—Me gusta esta.

—¿Por qué?

Sable respiró suavemente.

—Huele como si hubiera estado pensando durante mucho tiempo.

Él la miró.

Sable le devolvió la mirada.

—Eso es...

Se detuvo y volvió a empezar.

—Es una forma interesante de describirla.

—Es precisa —dijo Sable.

Había aprendido que interesante normalmente significaba verdadero, pero inesperado.

No siempre entendía por qué las cosas verdaderas eran inesperadas, pero había aprendido a reconocer cuándo ocurría.

Él entró entonces.

No exactamente hacia ella.

Más bien como se movían los adultos cuando no estaban seguros de qué tan cerca debían acercarse.

Se detuvo junto a la ventana.

Era la misma ventana hacia la que estaba orientado su sillón.

Miró hacia los terrenos de la manada de la misma manera en que Mamá miraba algunas cosas cuando estaba pensando en algo que no pensaba decir.

Sable lo observó.

Estaba haciendo aquello.

Lo había notado por primera vez en la gran sala y llevaba días pensando en ello.

La manera en que su cuerpo cambiaba cuando estaba cerca de ella y de Mamá.

Como si algo dentro de él estuviera intentando tomar una decisión que él no le permitía terminar.

Sable creía entender qué clase de decisión era.

Ella tampoco estaba preparada para decirlo en voz alta.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó él sin dejar de mirar por la ventana.

—Todavía no puedo leer todas las palabras —respondió Sable con honestidad—. Iba a preguntarle a Mamá qué significaban las demás.

—¿Qué libro?

Sable señaló el que estaba en el suelo.

Él se volvió y lo miró.

Algo volvió a suceder en su rostro.

Aquella expresión que Sable todavía no sabía nombrar.

Parecía vivir en algún lugar entre el reconocimiento y el dolor.

Él permaneció callado durante un momento.

—Era de mi padre —dijo.

Sable miró el libro.

Después lo miró a él.

—¿Dónde está?

—Murió —respondió el hombre—. Hace algunos años.

Sable lo consideró con la seriedad que la respuesta merecía.

—Yo no tengo padre —dijo—. Mamá dice que es complicado.

La habitación quedó muy silenciosa.

Sable no estaba segura de por qué.

Lo había dicho como un hecho, de la misma manera en que decía casi todo.

Porque era verdad.

Y no veía ninguna razón por la que las cosas verdaderas necesitaran un trato especial.

Pero aquel silencio tenía una cualidad diferente.

Pesada.

Específica.

Eso le hizo pensar que quizá aquella verdad en particular era más complicada de lo que ella había entendido.

Miró al hombre.

Él la estaba mirando.

Y durante un instante, solo uno, antes de apartar la mirada, su rostro hizo algo que Sable nunca había visto hacer al rostro de un adulto.

Pareció no saber qué hacer consigo mismo.

Sable archivó aquello también.

—Debería volver —dijo—. Mamá querrá saber dónde estoy.

—Sí —respondió él.

Su voz había cambiado ligeramente.

—Deberías.

Sable caminó hacia la puerta.

Se detuvo.

Se volvió.

—Tu libro se dañará si lo dejas boca abajo —dijo—. El lomo se dobla.

Él miró el libro en el suelo.

—Tienes razón —respondió—. Gracias.

Sable asintió.

Volvió al pasillo y giró a la derecha, hacia la oficina de la propiedad, con el conejo bajo el brazo.

Pensaba en aquel olor que era como el suyo, pero más viejo.

Pensaba en aquella expresión que todavía no sabía nombrar.

Y pensaba en el libro que había pertenecido a un padre que ya no estaba.

Pensó en ello durante mucho tiempo.

No le contó a Mamá lo de la biblioteca.

No estaba segura de por qué.

Pensó en ello durante todo el camino por el pasillo y todavía seguía pensando en ello cuando llamó a la puerta de la oficina de la propiedad, entró y se acomodó en la silla frente al escritorio de Mamá.

Mamá levantó la mirada.

—¿Todo bien, cariño?

—Sí —respondió Sable.

Abrazó a su conejo.

Pensó en el hombre que olía como ella.

En el libro en el suelo.

En la manera en que su rostro había hecho aquella cosa que no sabía cómo hacer.

—Mamá.

—¿Hmm?

Sable la miró.

—¿Las cosas complicadas alguna vez dejan de ser complicadas?

Mamá permaneció callada durante un momento.

—A veces —respondió—. Si tienes suficiente paciencia.

Sable lo pensó.

Decidió tener paciencia.

Había aprendido que las cosas complicadas normalmente terminaban revelándose cuando las personas olvidaban que estaban siendo observadas.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP