Penelope
Era mediados de primavera y hoy podía disfrutar del ambiente sereno que Oakridge tenía para ofrecer. Si tan solo no lo hubiera arruinado la llegada de Matilda a gritarme en mi despacho y la fría manera en que Miguel la obligó a marcharse de Oakridge.
La falta de emoción en los ojos de Miguel y en su voz me inquietaba. Ya no usaba los ojos para seguirme como antes. La ronquera de su voz ya no se sentía como un intento de seducirme. Y eso me molestaba. Debería haber estado feliz de que l