—¡si…! ¡Así! ¡Qué rico!
—sentí como mi mujer empezaba a tensarse y supe que tendría su liberación.
—¡Adriano!
—bajé mis besos por sus muslos hasta llegar a sus pies, metí sus dedos en mi boca y comencé a lamerlos, todo esto bajo su atenta mirada, pude notar que este era uno de sus puntos débiles. Porque comenzó a calentarse nuevamente, después de hacer lo mismo con ambos pies, la coloqué boca abajo y subí mis besos hasta sus glúteos, los cuales azoté y lamí.
—¡Ahh!
— ¿te gusta pequeña traviesa?