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Lo primero que percibí al despertar fue el silencio.

No el silencio de una habitación vacía ni el silencio de la noche sin viento. Era el silencio particular de una mente que ha olvidado cómo estar sola, que ha pasado semanas habitada por voces y pensamientos que no le pertenecían y que ahora, de repente, se encuentra ante una extensión de quietud tan absoluta que duele como una herida.

Kai estaba sentado junto a mi cama cuando abrí los ojos. Tenía los codos apoyados en las rodillas y miraba su
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