Capítulo 36. Un visitante misterioso.
La noche tejía su manto sobre la mansión Bernal, ahogando los sonidos del mundo en una oscura niebla.
Fabio, sentado en el porche de la casa alquilada frente a la residencia, observaba la ventana del segundo piso de la mansión Bernal, donde una lamparita dorada titilaba como una luciérnaga herida.
Las llaves que los padres de Belinda le habían entregado pesaban en su bolsillo como una condena, "por si algo pasaba". Solo para emergencias, le habían dicho. Sin embargo, era un recordatorio de que