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La puerta se abrió con un siseo hidráulico que resonó en el pasillo como el suspiro de algo que había permanecido dormido demasiado tiempo. Mei retrocedió instintivamente, su rifle apuntando hacia la oscuridad que se desplegaba más allá del umbral. No había luz al otro lado, solo una negrura tan densa que parecía tener sustancia propia.

—Esperen —ordenó Gabriel, su voz baja pero firme—. Tamara, &iqu

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