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Diego Cortés despertó de un coma de tres semanas creyendo que la pesadilla había terminado, solo para descubrir que su familia estaba en Moscú y él estaba solo en Nueva Zelanda con una bebé que apenas conocía.

La luz era lo primero. Blanca, clínica, perforando a través de los párpados cerrados como agujas de precisión quirúrgica. Después vino el sonido: el pitido constante de monitores card&iacut

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