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“¡Cierra esa maldita ventana, Katrina!”. Alcancé a decir cubriéndome el rostro de los intensos rayos del sol. Me senté en la cama con la melena revuelta y mientras readquiría la consciencia, observé con espanto mi ropa sucia y revolcada en tierra, al igual que las sabanas blancas y los zapatos que aún llevaba sobre mis pies. ¿Qué demonios? En seguida, una sensación de pánico me apuñal&oacut

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