El fin de semana fue un borrón para mí. Mis amigas hicieron todo y mucho más para intentar animarme e incluso para convencerme de que no debía dejar a Alessandro, pero no podía estar entre él y su hijo y sabía que esa mujer me haría la vida imposible, no lo soportaría.
El lunes, cuando llegué a trabajar, Junqueira me abordó en la entrada del edificio.
—¡Pero qué haces todavía aquí, vagabunda! —gritó parándose frente a mí. Intenté rodearlo y pasar, pero no me dejó y me sujetó del brazo—. Te hice