Mundo ficciónIniciar sesiónRelato 2: Despedida de soltera
Alina está a punto de casarse y tener su vida “soñada”. Juan es un bailarín exitoso, lujurioso y sensual, amante del sexo.
¿Podrá la despedida de soltera de Alina revelar lo que su cuerpo quiere en realidad?
***
El espejo de reservado del lugar le devolvía a Alina una imagen que había estado esperando con ansias desde el momento en el que conoció a su futuro esposo. El vestido de seda blanca, de un corte impecable y tirantes casi invisibles, se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel. Su sensualidad brotaba por cada poro de su piel.
Sobre su dedo anular brillaba el diamante de compromiso, recordando su destino: en setenta y dos horas, se convertiría en la esposa de un hombre ejemplar, un hombre que le daba de algún modo la vida que ella necesitaba y deseaba. Dinero, poder, amor… algo con lo que cualquier mujer se sentiría satisfecha.
Aunque había algo que faltaba en esa fórmula para que todo fuera perfecto: El sexo. Él era un hombre aburrido y monótono sexualmente.
Ella pasó su mano lentamente por su piel hasta ubicarla en medio de sus piernas. El deseo brotaba en ella, metió uno de sus dedos y gimió, su libido aumentó con el reflejo frente a ella. Era excitante verse así, caliente y hambrienta de placer.
Alina metió un dedo más y está vez en su rostro se formó una mueca cargada de placer. Su pulgar tocó con lentitud su clítoris haciéndola sentir una oleada de calor y algunos toques eléctricos que recorrían su columna vertebral.
Ella se sobresaltó cuando escuchó que alguien tocó la puerta. Sonrió para sí misma y sacó los dedos y luego de arreglarse, salió de ahí.
Alina se humedeció los labios y ajustó su cabello. Sus amigas gritaban y reían, celebrando el fin de su libertad.
Cuando finalmente salió del baño y regresó a la zona VIP, el aire cambió. La música alta y los colores que contrastaban le daban un aire de victoria, todo el esfuerzo por tener la vida deseada había valido la pena.
El reservado estaba rodeado de cortinas de terciopelo oscuro, creando una burbuja de intimidad en medio del caos del club. Sus amigas la recibieron con copas de champán, pero Alina apenas probó el líquido frío.
—¡Ya va a empezar! —gritó Clara, su dama de honor, señalando hacia la pequeña tarima circular que presidía el centro del reservado.
Las luces blancas se apagaron de golpe, dejando el espacio sumido en una penumbra teñida de rojo carmesí. Un silencio expectante se apoderó de ellas. Entonces, surgió él.
Juan no entró caminando; pareció deslizarse desde las sombras. Vestía unos pantalones de cuero negro que se ajustaban a sus muslos potentes y una camisa de seda oscura abierta casi hasta el ombligo, su pe ne se marcaba encima de sus pantalones. No era la típica belleza pulcra a la que Alina estaba acostumbrada en su círculo social. Había algo salvaje en la forma en que se plantó en el centro, una elegancia depredadora que hacía que el aire a su alrededor pareciera más pesado, más caliente.
Automáticamente el calor en su vientre volvió, le fue inevitable no querer sentir de nuevo lo mismo que en el baño, la presencia del bailarín frente a ella hacía que el deseo en medio de sus piernas se alborotara.
Juan no empezó a bailar de inmediato. Se tomó un momento para recorrer el grupo con la mirada, pero cuando llegó a Alina, se detuvo.
Alina sintió que el vestido blanco se volvía transparente. Y él no tenía ningún filtro para mirarla, para comérsela con ese par de ojos descarados.
La música rompió en un ritmo lento, y Juan comenzó a moverse.
Cada giro, cada movimiento, cada descenso hacia el suelo, era una demostración de una sensualidad cruda que no alborotaba las hormonas de cualquiera. Sus movimientos eran hipnóticos. Alina observaba cómo la luz se reflejaba en el sudor que empezaba a brillar en el pecho de Juan, y sintió un nudo en la boca del estómago.
Intentó desviar la vista, concentrarse en su copa, en la risa de sus amigas, pero era imposible. Juan era el centro de su atención.
Juan se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas, y por un segundo, Alina olvidó cualquier hilo de cordura que quedaba en su cabeza, la vista desde allí, su abdomen, sus músculos y esa línea que marcaba el inicio de su pelvis hacia que el cosquilleo en su intimidad se intensificara.
Ella pudo ver la dilatación de sus pupilas, el ligero movimiento de su mandíbula.
Juan se levantó un poco y movió su pelvis hacia ella con movimientos lentos y certeros. El bulto en medio de sus pantalones, tan grande y notorio llenaban los ojos de Alina.
—Felicidades, novia —susurró él, con una voz ronca y varonil, casi un ronroneo que le erizó el vello de la nuca.
Él no esperó respuesta. Volvió al centro del escenario con un salto, continuando su baile cargado de seducción, pero el daño ya estaba hecho. Alina apretó los dedos alrededor de su copa de cristal. Su corazón, que siempre había seguido la coherencia, ahora se movía violentamente contra sus costillas con una urgencia que la asustaba.
Por primera vez en años, Alina no pensó en nada de su perfecta vida. Solo podía pensar en el calor que emanaba aquel bailarín y en la aterradora idea de la excitación que él provocaba en ella.







