—¿Cómo se atreve a golpearla? —Amaro me cubrió con su cuerpo, dándole a mi padre un fuerte empujón—. ¿Nunca le enseñaron a respetar a una mujer o qué mierda, viejo?
—¿Eres el ordinario con el que mi hija se involucró? —mi padre lo miró de arriba abajo—. ¿Por esto estás cambiando a tu marido? Que bajo has caído, Brianna.
—Supongo que usted es el padre de Brianna, ¿no? Déjeme decirle que es una pena que lo sea, porque una mujer tan hermosa y de buen corazón merece tener unos progenitores iguale