Le doy una sonrisa tensa a Asmodai y por el rabillo del ojo veo que Ernesto está que echa chispas de lo enojado que está al ver que otros hombres me dan la atención que él no suele darme. Mi mano sigue entre las cálidas manos de Asmodai y siento que lo que acaba de decirme es más bien como un voto de matrimonio y no como algo que se le diría a alguien cuando se le da un regalo.
Siento un placer indescriptible por eso que en seguida es acallado por la culpa de estar haciendo algo inadecuado y as